January 7, 2008
Apología a Lucas para que lo dejen vivir (en mi apartamento)
Quién no ha tenido una mascota alguna vez, quién no ha sido niño durante años y ha sabido coleccionar figuritas y trapos que arrastrados desconsideradamente con los dedos, acompañábamos –o nos acompañaban- a cuanta aventura nos imaginábamos en nuestras retorcidas cabezas. Un amigo imaginario o mejor aún, un animalito que pasaba a ser nuestra razón de vida, nuestra preocupación constante para ser atendida. Qué viejo puede decir que no ha tenido una mascota nunca.
Mi papá tenia a Panchita, una perrita chusca que lo acompañó durante diez años y que se murió de vieja, de sorda, de ciega y de pena desde que se murió el abuelo. Dicen que los perros se encariñan tanto con sus amos, que pueden deprimirse e incluso apenarse ante su ausencia, yo les creo. Mi mamà tuvo un pato, un pato torpe que se golpeó la cabeza y que fue el consentido durante la época escolar de mi madre hasta un día en que mi abuelo lo puso a hervir. Mi mamà lloró durante casi un mes por su pato Serafino. Después de la cena, cuenta que recolectó todos los huesos para enterrarlos frente a la casa, al borde del río donde jugaba con el pato.
Tomy, amigo mío desde pequeño, tenia un simpático conejo, centro de atención para todas sus novias y fastidiosa bola de pelos para su madre, lo tuvo durante casi cuatro años e incluso, lo llevaba en el auto cuando salía de viaje, le había confeccionado unas gafas negras de sol para que estuviera a la moda y una camiseta que decía Love me, era todo un personaje ese conejo.
Mi primera mascota me la regaló mi papá, le pusimos Lucas pensando que era machito cuando en realidad era hembra, pero el nombre quedó por decisión unánime de familia y quedaría posteriormente para todas las mascotas que llegarían a la casa. Ese primer Lucas murió envenenado en la casa de Barcelona donde vivíamos, posteriormente unos cuatro Lucas formarían parte de la descendencia del original. Tuvimos un Pastor Alemán, un Terry, un Doberman y un Siberiano.
El último descendiente, otra vez Lucas, es un Pastor Alemán como el primero, tiene dos meses y las ganas enormes de vivir en el apartamento al que acabo mudarme. No tiene familia más que yo, no tiene cómo solventarse sus gastos ni donde vivir. Es educado, muy tranquilo a pesar de su inquieta edad, súper refinado y gusta mucho de vivir en apartamentos, no ladra, no hace bulla, no incomoda y quiere mucho a sus vecinos. Sabe ir al baño y esperar a que lo saquen a pasear. No saluda por su excesiva timidez, pero mueve la cola con ternura. No tiene vicios, no toma, no fuma, es soltero y no piensa para nada en malas amistades. Hace mucho deporte, en especial el atletismo, sabe recoger el periódico y espantar a los ladrones. Es buen compañero de soledades y depresiones y casi nunca coge la comida que no es de su plato.
En el apartamento nuevo me lo han prohibido, ya hice la compra y no puedo abandonarlo a su suerte. He insistido en que no habrá ningún problema con que lo tenga, pero me dicen que son las reglas. El apartamento no es muy pequeño y según lo planificado, cabemos los dos. He pensado hacer una visita a los vecinos para que lo conozcan y apoyen la intención de adoptarlo como huésped ilustre del inmueble. Espero que los agentes inmobiliario se apiaden de Lucas, no saben cuánto se lo agradecería. Él aún no lo sabe.